25 jul. 2011

Jugar a perder vidas en París.

De acuerdo, tú me recuerdas que no sé a qué saben tus labios, yo guardo en silencio ese futuro que nunca será presente ni pasado. Recuérdame la próxima vez que, si cometo un error, éste sea definitivo, las cruces son más llevaderas cuando te has desangrado por completo.

Tan sólo mi almohada y mi ventana saben que llevo demasiado tiempo sin contar a nadie nada de cuanto siento, a veces creo que estoy loco, la locura me dice que no quiere saber nada de mi, que te lo cuente a ti. Tu me dices... nada, no me dices nada. Y mira que siempre me gustaron los silencios, y me gustan, de hecho, pero contigo los sufro, dime por qué, pero como si no lo supieras. Y vale, también admito que no lo sabes por seguro, soy imbécil, pero sólo en siglos como en este, juro que en otros he sido más valiente, o eso creo. En realidad nunca he podido creer firmemente en la reencarnación, creo que tu a veces sí, ojalá pudiera yo. Con creer tan sólo que en mi siguiente vida podría tenerte, moriría de amar esa vida.

Voces como notas lentas de piano golpeando una y otra vez las paredes de un alma que jamás ha sabido cómo gritar lo que siente, pero ya da igual, y antes, hace mucho. Por todos es sabido que hay quien se muestra como el hielo, y cuando muere, es visto exactamente igual que en vida, esa persona nunca supo abrir el corazón lo suficiente. Los diamantes bajo tierra no se aprecian, no poseen valor, casi ni existen.

Por todo cuanto significa esta vida, no me importaría dejarla pronto, ni tarde, en el fondo creo que mi falta de temor ordinario se debe a eso mismo. No tengo la culpa de no apreciar cuánto significa una vida como la mía, y es que pienso que, salvo sentimientos, el resto se lo podrían llevar los leones. Y los sentimientos acabarán como arena de desierto.

Nunca me gustaron los desiertos, prefiero París y el río Sena. Es uno de esos lugares a los que quisiera ir y enamorarme. Quisiera, pero pocas personas sabrán, tan siquiera, que he querido eso siempre.

Que las lágrimas que nunca nadie me ha visto derramar sirvan a la muerte como juramento de que he amado con todo mi maltrecho corazón.


1 comentario:

Anairo Draculesti dijo...

¿Cómo tu cerebro produce cosas tan hermosas?

Besos, milord.